Volver es imposible




Recuerdo la de veces que me planteo cerrar este blog, unas cuatro o cinco por año, dependiendo de las circunstancias. A veces el trabajo, otras mi falta de tiempo, y las que más mis faltas de ganas. No solo de escribir, sino de ejercer de bloguera en general. No se si es porque esto ya no es lo que era o porque los cambios me han venido grandes. 

Después es cuando me doy cuenta de que darle a ese fatídico botón de "Eliminar blog", que otras veces pulsé sin problemas, se me hace muy complicado. Porque no se trata de borrar un espacio en el que compartir contenidos contigo, se trata de eliminar trabajo, esfuerzo y mucho mimo. Implica perder seguidores (que probablemente ya ni me lean) y este diseño tan chulo -a mí gusto- que he creado yo sola, para mí, a mi gusto, a imagen de mi pastelosa y en apariencia equilibrada personalidad. 

Yo, mí, me, conmigo. Borrar este blog es borrar una pequeña parte de mí. 

Dicen que nunca vuelve el que se fue, aunque regrese; que el mismo río jamás lleva el mismo agua y que creer en el pasado es algo tan ilusorio como creer en las hadas, pues tenemos la misma certeza de su existencia en el presente. Como Poème, antes me ahogaba en algo que era muy natural en mí, pero estoy aprendiendo a respirar bajo el agua.

Y aunque sé que esto me hace diferente a la chica que abrió este blog, él me lo recuerda. Momentos de ilusión tremendos, regalos navideños, intimidades coloristas, té con sabor a café con leche, un escondite... Pero ya no necesito esconderme, ni tengo la necesidad de encontrar comprensión fuera de la rutina. Tal vez esté cruzando esa terrible fase del embudo por la que todos debemos pasar tarde o temprano. O tal vez tenga la tremenda certeza de que volver, lo que se dice volver como antes, es imposible.

Tal vez revolver o agitar -que no regurgitar- sea lo que necesito. Ya veremos.

Hoy solo quería compartirlo contigo.

¿Y si los blogs desaparecieran?


¿Cómo meterías tus letras en la vida de este potencial lector?

¿Crees que alguien notaría la diferencia?

Instantesgrafías, libos-de-caras, pío-pío... ¿Quién, en su sano juicio, dedicaría tres minutos a leer un puñado de párrafos cuando tiene todo lo que necesita a golpe de vista?

Esa balanza interna que tienes, ya sabes, esa que a un lado tiene los gastos y en otra los beneficios, se ve mucho mas descompensada con las redes sociales. Y todos queremos una balanza descompensada, todos queremos mucho por poco. Cualquiera desearía todo por nada.

Nadie, en su sano juicio, haría un esfuerzo mayor del necesario (como por ejemplo, leer una reseña en un blog) cuando tiene a mano y de forma inmediata la puntuación media en estrellas de Goodreads. El gasto de energía es mayor para un beneficio similar. ¿Por qué nadie, en su sano juicio, va a hacerlo?

En serio, ¿por qué? 

Es hora de hacer reflexión

  • ¿Estamos en el fin de la era de los blogs? ¿Se han convertido las redes sociales en entornos tan satisfactorios que podrían sustituir a minutos de lectura? ¿Será los blogs los sustitutos de cualquier noticiario o libro de autoayuda y las redes sociales el único medio de interacción? ¿Hay tal cantidad de información que los usuarios deben optimizar al máximo su tiempo?

  • ¿O tal vez nos estamos enfrentado de nuevo a la elección entre leer el libro o ver la película? ¿Será que tenemos que cambiar el contenido, que no el continente, para convertir nuestro blog en algo insustituible?


Vuelvo a preguntarte, por qué crees que un lector va a dedicar tiempo a leerte(me). ¿Por qué crees que alguien lee y comenta tu blog, si lo que cuentas (en resumen) está a dos clic y un golpe de vista? 

Si lo descubrimos, si conocemos el porqué, tal vez volvamos a guiarnos por el insano juicio de comprar el tiempo de los lectores a cambio de entretenimiento y placer. 

Mi monstruo




Siempre he pensado que todos tenemos uno. 

En épocas se hace más grande y en otras más chiquito, si la cosa va bien ni te enteras, pero si algo negativo es más fuerte de lo esperable, mi monstruo cobra protagonismo y se adueña de mí. Me hace sentir pequeña e insignificante. Pero, como comentaba al fina de la última entrada, la rueda siempre vuelve a girar y las tornas cambian para ser él el dominado.

En el pasado intentaba ponerle una etiqueta. Normalmente es Inseguridad, otras Ansiedad, a veces Nerviosismo y otras un simple y básico Miedo. Y, a sabiendas de que todo eso estaba dentro de mí, al acecho, prefería no fiarme mucho cuando las cosas me iban bien; tener siempre el dedo gordo del pie dentro del río de la realidad con la esperanza de que el frío equilibrase el ardor de mis ensoñaciones. 

Pero eso no me ayudaba a prevenir nada. Por mucho que intentase contactar con mi lado más pesimista, para estar alerta, cuando mi monstruo tenía que aparecer lo hacía a lo grande. Regodeándose de lo lindo. Llorando con Celine Dione, buscando enfermedades imposibles en  el cajón desastre de google, o haciéndome sentir insignificante para todos, imprescindible para nadie. Diciéndome mentiras disfrazadas de verdad, diciéndome lo necesario para alimentar la tristeza.

Yo nunca me rendí. Decidí luchar contra él. ¿Qué me apetece llorar? A poner salsa y a bailar. ¿Qué me apetece una película triste y un chocolate caliente? A salir a caminar. ¿Qué no me apetece escribir? A aporrear las teclas. Y así estuve hasta años. Pero nunca salía bien. Era un desgaste de energía tremendo con el objetivo de crear basura a toda máquina. Más que eso. Intentar ser positiva a toda costa alargaba la sombra de mi monstruo durante más tiempo del esperable.

Entonces comprendí que el azar existe. Que, gire o no gire la rueda, a veces sí que hay que sentarse a esperar. Las filosofías New Age en la búsqueda del bienestar me habían convertido en una depredadora de emociones positivas. Ni las disfrutaba a ellas, ni me disfrutaba a mí. Yo dejé de ser yo para ser lo que debía. Y no fue hasta hace bien poco que entendí lo equivocada que estaba.

Mi monstruo no tenía ningún nombre. Aquello eran solo emociones, tan cambiantes y volubles como la vida misma. Tan útiles como la ira, que me activa y me provoca, como la tristeza, que me ayuda a desahogar el alma mejor que cualquier meditador alcanzando su Nirvana, o como el miedo, que me previene de cometer errores.  

Emociones que siempre viven en mí. Paso de controlarlas. Paso de arremangarme para arreglar la situación. Paso de pensar y repensar en cómo solucionar situaciones que, lo más probable (desde la teoría de la probabilidad) es que cambien solas. 

Intentar ser más lista que la rueda de la fortuna solo me ha creado frustración. Prefiero dejarme llevar por sus oleadas, entregándome a cada orilla, confiando el un nuevo cambio al que, me guste o no, tendré que adaptarme. Eso sí, echando siempre un vistazo debajo de mi cama antes de dormir.