Fuego (21)


Cerca de la hoguera principal, abrazados a sus botellas de cerveza, Charly y Joe les esperaban con la mirada en las llamas. No, no era el fuego quien captaba su interés sino las chicas que bailaban a otro lado moviendo las caderas al ritmo de la percusión.
Avanzaron, esquivando a la gente, hasta llegar a ellos. Sin mediar palabra, Charly le entregó una cerveza a Vic y a Clare, parecía incapaz de apartar la mirada de las faldas que ondeaban la suave brisa primaveral.
—¡Tío! –le gritó Víctor—. Tenemos invitados.
—¿Qué? –preguntó confuso girando la cabeza hacia ellos una milésima de segundo—. Claro, perdona Juliette. ¿Qué te apetece tomar?
Juliette echó un ojo a la bolsa de supermercado que había a los pies de Joe. En ella tan solo había lugar para cervezas y unos cuantos bloques de hielo.
—Cerveza está bien.
Joe sacó una cerveza, se la pasó a Charly y éste a Juliette. Entendía porqué no podían dejar de mirar a esas chicas. Eran atractivas y bailaban de una forma casi hipnótica: izquierda, derecha, izquierda, derecha… Y ahora se estaban tocando la una a la otra en el plan “Porn Star” que volvía locos a los chicos con menos de cuatro neuronas hábiles y demasiada sangre en los bajos. De pronto, y a sabiendas de lo absurdo que resultaba aquello, se sintió la chica menos atractiva del mundo.
—¿Crees que Harold el Asesino las habrá poseído a ellas? –le dijo Víctor mientras le daba un codazo cariñoso en las costillas.
Juliette sonrió, como si aquello fuese de lo más gracioso, pero no le gustó comprobar que Vic también se había fijado en ellas y que parecía tan incapaz de apartar la mirada como sus dos amigos. La única diferencia era que Vic movía la cabeza al ritmo de la música.
—Ven conmigo, Juliette –dijo Clare llamando la atención de ambos—. Quiero presentarte a unos amigos. Son unos compañeros de clase que seguro congeniarán contigo, sobre todo Romeo. Y no creas que es lo que su nombre promete, porque es mucho más.
—¿En serio? –preguntó Juliette fingiendo estar interesada.
—¡Vaya, Romeo y Juliette! No me había dado cuenta… —Clare también sabía fingir.
Cuando se levantó, le ofreció la mano a Juliette y se alejaron caminando juntas sin soltarse.
Víctor se sintió repentinamente interesado en ellas, se aburría fácilmente tras cinco minutos viendo el mismo movimiento al contrario que sus amigos. Juliette y Clare eran mucho más interesantes, caminaban, charlaban con los chulitos agilipollados del instituto, reían abiertamente, se presentaban formalmente, Romeo cogía la mano de Juliette para darle un beso en el dorso…. Tenía que pensar en algo antes de que fuese demasiado tarde. Primero su mejor amiga y ahora Romeo, ¿es que Juliette no podía fijarse en personas normales con las que le fuese sencillo competir?

Indice

La profecía (20)



Al abrir la puerta del baño, no pudo reprimir un grito ahogado por encontrarse a Vic ante sus narices. “¿Estás lista?” le había preguntado como si nada y a continuación la escoltó hasta el coche de Clare abriéndole la puerta antes de ocupar el asiento trasero. Intentó no molestarlas mientras charlaban sobre banalidades, fue de lo más extraño…
—Dicen que en el sesenta aniversario de su muerte Harold el Asesino poseerá a uno de los habitantes del barrio para terminar con su obra –le contaba Clare con un tono de voz de lo más candente—. Probablemente se trate de un hombre, ya que Harold el Asesino odiaba a las mujeres.
—¿Y cómo sabes eso?
—Porque era lo que hacía –contestó como si fuese lo más obvio del mundo—. Matar a las mujeres más bellas de la ciudad. Dicen que las odiaba porque ninguna fue capaz de amarle. Y cuando digo amarle ya sabes lo que quiero decir… Al parecer era: Infollable –gritó perdiendo el tono candente de voz.
Juliette pegó un bote en el asiento del copiloto, pues no esperaba un grito dentro de aquel tono de voz tan delicado.
—¡Pero qué..! –respondió Juliette pegándole en el brazo a Clare. De pronto se dio cuenta de que estaba coqueteando con ella, era algo demasiado natural—. No te pases o te pegaré un mordisco en cuanto Harold el Asesino me posea.
—Seré yo el que os muerda como no dejéis de hacer manitas –les dijo Vic con un tono muy severo—. No quiero morir aún.
Clare agarró el volante y asintió con la cabeza de forma serena, aunque sabía que las quejas de Vic no tenían nada que ver con su tipo de conducción. Juliette estaba coqueteando con ella igual que lo habría hecho con el mejor amigo del chico que más le gusta de una pandilla. Ni Juliette era su tipo ni Clare el de ella; aunque eso no significaba que no le gustase tontear con una chica guapa.
—Si la profecía termina por ser cierta, cumples todos los requisitos para ser la primera en morir –le dijo Clare llamando su atención—: Una joven hermosa en la flor de la vida con un talento más que especial… Pero no te preocupes, yo te salvaré.
Juliette sonrió.
—Lo mismo digo –añadió—. Las jóvenes hermosas debemos protegernos entre nosotras.
Víctor masculló alguna palabra entre dientes que le fue imposible descifrar, pues la música y las risas de Clare le impedían estar tan pendiente de él como le habría gustado. Siendo sincera consigo misma, la única razón de aquel viaje había sido su loco enamoramiento por la voz de Vic, la admiración que sentía por su destreza ante el bajo, la chispa de sus ojos, su sonrisa despreocupada…
—También te protegeré a ti –dijo volviéndose casi del revés para mirar al pasajero del asiento trasero—. No pienso arriesgarme a perderme antes de que toquemos juntos.
Vic se echó hacia delante para acercarse a ella.
—Hagámoslo esta noche –dijo—. Habrá instrumentos suficientes.
—Me gustaría que… —Juliette no sabía cómo enlazar las palabras para que su mensaje no sonase demasiado extraño—. Dejémoslo para mañana, tras la cena. Solos tú y yo.
Clare sonrió, aunque intentaba evitarlo, sin llamar demasiado la atención.
—Cuenta con ello.


Sin licencia, Capítulo 5 (II)

Sigo viva, aunque no lo parezca... Por fin tengo una especie de ordenador nuevo (osea, uno que funciona) y gracias a guardar la información en diversos lápices y demás  no me he visto al borde del suicidio como en la vez anterior en la que mi P.C decidió morir. ¿Que por qué digo eso? Sí, justo por lo que estáis pensando. Una vez más me he quedado con el culo al aire, trabajo sin hacer y fechas límites pisándome los talones (ufff, necesito meditar).

Os dejo con el siguiente capítulo de Sin Licencia, con una enorme sonrisa (porque este rinconcito me obliga y yo, pase lo que pase, sigo intentando ser positiva) y un fuerte abrazo.







Y que no se me olvide: Un millón de gracias por esos nuevos seguidores, pronto, muy pronto vuestros comentarios tendrán premio ^^

Sin Licencia, Capítulo 4 (II)

El frío me impidemover los dedos de las manos con normalidad y una mezcla de nervios anticipatorios corre por mis venas al imaginar el desarrollo de algo que, desde luego, se lleva toda mi ilusión. Espero que os guste la Edición Especial del siguiente capítulo y el pequeño regalo que se adjunta a continuación.

¡¡FELIZ SAN VALENTÍN!!





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Estrellados

 Aquel no era el mejor de los momentos para hablar con William. Por eso se levantó, le dio un beso en la coronilla y le prometió que hablarían al día siguiente. Incluso le incitó a disfrutar de la fiesta tranquilamente, como si nada hubiese pasado entre ellos. ¿Qué otra cosa podía hacer? Desde luego, no pensaba tirar por la borda aquella relación solo porque William estuviese tan confuso que era incapaz de ver el norte. Estaba bebido, acababa de perder a su padre, tenía que lidiar con un millón de negocios que para él eran demasiado confusos y ella no pensaba añadir una piedra más a su mochila. 
Se alejó de él y se mezcló con la gente durante la fiesta. 
Tomó una copa de champán y brindó con sus mejores amigas por un futuro mejor, por el nuevo camino que se habría ante Erika y por lo bueno que estaba el tío que Elsa se había ligado. Cualquier motivo era bueno para brindar y olvidarse de lo que había dejado en el piso de arriba. En seguida le fue fácil reír junto a Erika y Bruno las llevó al jardín trasero, cogidas a sus brazos, para que tomasen el aire fresco. Había mucha gente que había tenido la misma idea, incluso algunos de ellos se habían decidido a darse un baño. Alguna de las chicas se había tirado en ropa interior, acaloradas con tanta estufa de exteriores a su alrededor.
 ——¡Eh, mirad! —gritó alguien llamando la atención del resto.
 En el segundo piso, Will se había subido a la barandilla de su balcón y parecía dispuesto a lanzarse a la piscina desde allí.
 —¿Queréis saber quién os va a costear mil fiestas como estas? —gritó mientras su público le vitoreaba—. Eso es, yo. Porque no pienso marcharme nunca. ¡Este es el mejor lugar del mundo! —dijo a voz en grito mientras se tiraba a la piscina. 
Los nadadores le hicieron un hueco, pero una de las chicas a la que no le dio tiempo a apartarse, terminó en sus brazos y Will le dio un beso impresionante delante de todos los presentes. Otra chica se acercó a ellos y él la acercó para besarla. Después se besaron entre ellas y cuando él quiso participar, una de las chicas  tocó algo debajo del agua que le hizo cerrar los ojos.