Domingos y sabor a café


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Los domingos siempre han sido un día especial en mi vida.

Recuerdo madrugar, durante mi infancia, y devorar con ansias un desayuno de leche manchada con café para ir al catecismo. Me encantaba ir a ese lugar donde niños de diferentes edades nos reuníamos para entender la caridad y el amor al prójimo que nunca aplicábamos. Para mí era muy divertido, como ir al colegio, pero sin lo malo de ir al colegio. 

Los diferentes grupos, con sus diferentes catequistas, nos solíamos turnar para hacer de monaguillos cada domingo (leer ante esa cantidad de gente, pasar la cesta y cantar sin desafinar era una gran responsabilidad). Pero lo mejor venía al salir de la iglesia e ir corriendo al kiosko a gastarnos los 20 duros de paga en chucherías y cromos.

Después llegó la adolescencia, y con ella mi sentimiento creciente como agnóstica. Los domingos se convirtieron en tardes entre las dunas de la playa, maratones embrujadas o paseos al rededor del pantano, junto a mis mejores amigas. Era el día de reflexión y mucho café, para charlar sobre las conquistas o cotilleos del día anterior en la discoteca. 

Así hasta que alguien muy especial llegó a mi vida y supe que no me importaría que ocupase mis domingos hasta la eternidad. De algún modo, se fue adaptando a cada uno de mis días aunque fuera más de colacao que de cafeína.

Y, poco a poco, a medida que maduraba, los domingos amanecía con varias tazas y charlas con mi madre, continuaba por comidas en familia y terminaba perdida entre libros y una taza de café en mis manos.

El domingo, para mí, es un día relajante con sabor a café. Las buenas charlas, mis mejores ideas y los mundos que visito a través de las letras, saben a café. 


Tal vez por eso el domingo evoque café y el café al domingo.

Tal vez por eso este brebaje tan amargo a mí me resulta tan dulce. 

Tal vez por eso me gusten tanto como a ti las Chicas Gilmore.


No sé si compartes esta afición insana conmigo, pero seguro que conoces a alguien que tan adicto como yo. Cada vez que esa persona te invite a tomar un café, ni se te ocurra rechazarlo y recuerda lo he escrito. Si alguna vez te invito a café, te estoy invitando a entrar en mi domingo.

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